No hay debate en torno a si el límite es conveniente o no, tampoco lo hay en que la forma no es a través del ejercicio de ninguna forma de violencia. Qué NO hacer y que SÍ hacer: algunos tips para tener en cuenta.

Que no hacer:

  • Gritar, amenazar, tironear o zamarrear. Cualquier reacción nuestra que desregule emocionalmente al niño/a impedirá que entienda cabalmente lo sucedido. Cuanto mucho se interrumpirá la conducta no deseada -provocándole temor o paralizándolo/a- pero sin que comprenda la secuencia o el comportamiento que hubiera sido deseado o esperado en la situación que provocó la reacción del niño.
  • Castigar de manera implícita. No señalar la transgresión pero meter al niño/a en un freezer emocional, dando lugar a un silencio o una deliberada falta de atención es maltratarlo: la incertidumbre y el malestar se hacen enormes dentro suyo, aunque quizás no se anime a manifestarlo. Tampoco generarle culpa es la manera de marcar un límite; se trata de formas de manipulación comunes que hacen mucho daño.
  • Sermonear. Los sermones largos y redundantes suelen tener el efecto contrario al esperado; exponiéndolo/a a explicaciones interminables en las que muchas veces se le exige estar callado/a –lo que, a su vez, incrementa el malestar-. Tampoco es conveniente ponerse de ejemplo positivo en cada cosa, como si uno/a fuera la imagen perfecta.
  • Explicar “en caliente”. No arrancar la fase argumentativa del límite –siempre necesaria- hasta que el niño/a pueda escuchar, cuando su cerebro emocional haya dejado lugar también a la actuación de la razón. Nadie puede escuchar –de verdad y con apertura- hasta que está listo/a para hacerlo.
  • Ser ambiguo, poco claro o incoherente. Los límites deben ser firmes y llanos, sin dejar lugar a esas dudas que motorizan que el niño/a siga buscando cómo empujar el límite más allá o saltar el muro. Y la firmeza nada tiene que ver con los malos tratos.

Que sí hacer:

  • Acompañar en la gestión de las emociones. Es esperable que frente al límite el niño/a frente se frustre y sienta malestar; y es de esperar también que lo manifieste. Sea tristeza o enojo –a veces en forma de berrinche- el adulto debe habilitar y facilitar su expresión, acompañando sensiblemente en la gestión de todo eso que le pasa dentro.
  • Explicar. Siempre es necesario, haciéndolo una vez que el niño/a –¡y uno mismo!- se encuentre regulado/a emocionalmente: cuando esté algo más tranquilo/a va a poder escuchar y entender. Al justificar el límite, buscando siempre las palabras justas, no se debe pretender que el otro/a termine estando de acuerdo, sino que comprenda que hay un motivo claro para el no.
  • Reflexionar. Ayudarlo/a en el recorrido de la secuencia que lo/a llevó hasta este punto, conduciéndolo/a en un pensamiento que se sale de la situación para observar desde afuera. La consideración de los propios sentimientos y los del otro en cada escena son estaciones obligadas.
  • Fomentar las actitudes y conductas deseables. El límite debe cuidar, interrumpiendo lo que no es conveniente y mostrando lo que sí: no hacen falta premios cuando el camino elegido es el correcto, sino señalar ese “calorcito” que se siente en el pecho –en palabras de mi amigo y maestro Álvaro Pallamares- cuando uno/a hizo las cosas bien.
  • Dar lugar a las consecuencias del acto. Mejor que castigar, ese acto en el que se juzga y sanciona –muchas veces unilateralmente y sin derecho a defensa- es dejar lugar a la consecuencia propia de aquello que no se hizo bien. Por ejemplo, más que amenazar con tal o cual castigo por no comer lo servido en el almuerzo, es anticipar que no habrá otra comida hasta la merienda, y que entonces tendrá hambre: es la consecuencia natural de no comer.