El 29 de enero de 1997 murió quien posiblemente fue el autor argentino más exitoso de todos los tiempos. El fútbol, la política y los viajes hacia la identidad eran los temas que lo obsesionaban. Su prosa clara, su humor ácido y su destreza para los diálogos brillantes fueron su gran marca de estilo.

 

Nació un enero y murió un enero, cincuenta y cuatro años después, cuando había hecho mucho pero aún le quedaba tanto por hacer y el cáncer de pulmón cortó de raíz sus planes. Siguiendo su costumbre de titular con letras populares y de tango, hoy sería el turno de "Veinte años no es nada", ya que esos son los años que se cumplen de su muerte. Tanto tiempo después, Osvaldo Soriano –y esto le gustaría mucho a él, que sucumbía fácil a los complejos de inferioridad- es un capítulo ineludible de la literatura argentina, más allá de los debates, los cánones de ocasión y los gustos personales.

 

Su obra fue popular en el sentido más amplio del término y sus fans cada tanto vuelven a la ruta de sus historias mientras nuevos lectores se asoman por primera vez, generalmente inducidos por algún fan. ¿Es un clásico Soriano? Parece demasiado pronto para señalarlo, cuando aún hay muchos contemporáneos que despliegan su admiración para conservar su memoria, sin embargo es evidente que hay un nombre de autor y una obra compuesta por novelas, relatos y artículos periodísticos –algunos de ellos, memorables- que resisten como obstinada inscripción en la cultura argentina.

 

Osvaldo Soriano nació en Mar del Plata un día de Reyes de 1943 y por los diferentes trabajos de su padre, primero, y por las razones del exilio, después, su vida se fue asentando en diferentes lugares: Tandil, Cipolletti, pueblos varios de la Patagonia, Bruselas, París y sobre el final, a partir de 1984, Buenos Aires, donde vivió junto con Catherine Brucher, su mujer francesa, y su entonces pequeño hijo Manuel. Y junto con sus gatos, por supuesto, una pasión tan arraigada en su universo como el fútbol, la política y las discusiones de sobremesa con amigos.

Soriano no terminó la escuela secundaria y apostó por el fútbol como carrera, pero perdió. La literatura no era una presencia en sus primeros años y llegó recién cuando traspasaba la adolescencia, a través de un libro: Soy leyenda, de Richard Matheson. Luego comenzarían a llegar los clásicos de aventuras y también la novela psicológica del registro de Dostoievsky. Mientras trabajaba como sereno, comenzó a escribir ficción y acuñó la tradición que lo acompañaría siempre, la de escribir durante la noche, "el horario de los gatos", sus "verdaderos asesores literarios", como le gustaba decir.

 

Ya convertido en el escritor argentino más exitoso de su tiempo (habría que ver si alguien, antes o después, superó aquellas marcas de récord, cuando cada noviembre un libro nuevo vendía decenas de miles de ejemplares durante años o cuando la editorial Norma llegó a pagar 500 mil dólares de anticipo por la totalidad de su obra), su seleccionado literario incorporaba entre los argentinos a Arlt, Cortázar y Bioy, mientras entre los extranjeros le gustaban Simenon, Graham Greene y por supuesto Raymond Chandler. En sus últimos años, apostaba por una literatura más refinada, por llamarla de algún modo, y siempre estaba esperando "el nuevo Paul Auster", así como podía recomendar autores exquisitos y poco conocidos como el escritor y periodista italiano Giovanni Arpino, de quien había leído La novicia, una de sus pocas obras traducidas al castellano.

Soriano se hizo periodista temprano y sus primeras notas aparecieron en El eco de Tandil. Ya en Buenos Aires escribió para las revistas Primera Plana y Confirmado y para los diarios Noticias, El Cronista y La Opinión. En 1987, Soriano integró el grupo fundador del diario Página 12, del que pasaría a ser una firma principal hasta el final de su vida. El menemismo lo tuvo como cronista estrella –no deseado– en el humor mordaz de la célebre sección "Llamada internacional", cuando desde las contratapas de ese diario contaba la realidad argentina a la manera de un corresponsal extranjero que debe explicarle el día a día de aquella década de frivolidad y manteca al techo a su editor europeo.

Cuando ya era famoso, a la hora de recordar sus primeros tiempos como periodista él contaba que su manera de ganarse las notas era instalarse en la redacción, "estar ahí", algo que perfectamente podría asociarse a aquella famosa "prepotencia de trabajo" de la que hablaba Arlt, uno de los grandes referentes de la obra de Soriano. Como lo describió hace unos años Osvaldo Bayer, uno de sus grandes amigos, Soriano era "un Arlt pero sin trastos alemanes. Menos filosofía y más presencia. Un hombre del interior que aprendió muy pronto a ser el mejor alumno de lo porteño".

 

El conjunto de sus libros abarca siete novelas para adultos: Triste, solitario y final (1973), No habrá más penas ni olvido (1978; llevada al cine en 1983), Cuarteles de invierno (1980) –convertida en película en 1984-, A sus plantas rendido un león (1984), Una sombra ya pronto serás (1990; llevada al cine en 1994), El ojo de la patria (1992) y La hora sin sombra (1995). Escribió El negro de París, un libro para chicos, y se publicaron en vida cuatro libros con sus mejores crónicas periodísticas: Artistas, locos y criminales (1984), Rebeldes, soñadores y fugitivos (1988), Cuentos de los años felices (1993) y Piratas, fantasmas y dinosaurios (1996).

La historia argentina, el universo del cine y la literatura norteamericana, el peronismo, más bien las luchas intestinas del peronismo, que Soriano describía desde el ala izquierda de ese movimiento, y los viajes por rutas desiertas como metáfora de una búsqueda interior hacia la identidad son algunos de los temas y obsesiones de su literatura. Su capacidad para los diálogos, su economía discursiva y la aparente sencillez retórica lo convirtieron en un autor amado por lectores que habitualmente se sentían excluidos de los libros ya por falta de acción, sofisticación del lenguaje o temáticas para minorías. Soriano se proponía ser leído, muy leído, y se obligaba a poner entre paréntesis sus fobias con tal de obtener los favores del público.

 

Le gustaba decir que sus personajes, perdedores solitarios y melancólicos, eran "personas comunes puestas en una situación límite". "Quizás lo único que me propongo al escribir es quitarle a la literatura cierta solemnidad que tiene. Me importan los lectores, divertirme escribiendo y abrir un mundo que mezcle la aventura con la política y el humor", aseguraba. Le gustaba decir también (aunque no era cierto), que tenía poca relación con la crítica. Y digo que no era cierto porque estaba pendiente tanto de las reseñas como de su lugar entre los académicos, algo que particularmente lo obsesionaba.

 

"Vos estás segura de lo que vas a hacer", me dijo cuando en 1991 lo llamé para entrevistarlo en el edificio de Puan, donde ya funcionaba la facultad de Filosofía y Letras. Estaba aterrorizado, entendía que su popularidad y su éxito de ventas eran grandes obstáculos para que la suya fuera considerada literatura seria y sofisticada y estaba seguro de que los estudiantes de Letras lo ignoraban y hasta lo despreciaban, pese a que, como recientemente recordó Martín Kohan en una artículo de Perfil, la cátedra de Beatriz Sarlo de literatura argentina había dictado un seminario sobre la obra de Soriano en 1988. Regresando a aquella tarde de noviembre en la que charlamos en un aula de la facultad, hubo entre 300 y 400 personas que asistieron y lo escucharon contar cosas brillantes y divertidas. Y lo aplaudieron y le llevaron ejemplares para que los firmara. Ese día dijo "Yo camino por la cornisa de la literatura" y fue entonces cuando enunció que si Bioy Casares era el número 10 del equipo nacional, él podía aspirar a ser un buen 9. Y entonces explicó por qué cada uno de ellos ya tenía adjudicado ese lugar desde la cuna: "Bioy se crió en un ambiente en el cual las letras contaban para él desde que las aprendió, y yo vengo de otro mundo en el que accedí a eso a la fuerza, como quien atropella".

 

 

Un autor logra colarse en el corazón de la gente cuando consigue un estilo, cuando es posible identificar escenas o lenguajes como propios de una obra y de un apellido. Como cuando se menciona un lugar, Colonia Vela, y rápidamente uno lo asocia a la obra de Soriano, por ejemplo, por ser el escenario de varias de sus novelas, en una suerte de metáfora del país. Hay en particular una frase famosa de No habrá más penas ni olvido que fue tomada por la picardía popular y también por el personaje de Gatica, en aquella gran película de Leonardo Favio: "Si yo siempre fui peronista, nunca me metí en política". Me gusta mucho otra, de Una sombra ya pronto serás, que muestra en su esplendor la enorme capacidad de Soriano para decirlo (y mostrarlo) todo en apenas unas palabras: "Era un pueblo chico. Toda la comisaría estaba allí, en un Falcon viejo".