Es una tarde lluviosa en el barrio de Mataderos, y la gente se amontona a un lado de la Avenida Larrazábal para ver qué pasa. Del otro lado de la calle, en plena hora pico, se despliega todo un operativo... ¡de rodaje! La calle no está cortada: pasan autos, y colectivos, mientras que una parte del cemento es tomada por un carril en donde la cámara realizará el traveling que requiere la toma. Hay camiones estacionados, y el equipo se mueve llevando cables y armando las tres torres de lluvia, unas estructuras metálicas que harán de este día uno más lluvioso aún. Estamos en uno de los últimos días de rodaje de Al final del túnel, la nueva película de Rodrigo Grande (Cuestión de principios, 2009), coproducción argentino-española. Su protagonista es Leonardo Sbaraglia en el papel de Joaquín, un licenciado en sistemas que pasa mucho tiempo en el sótano de su casa, hasta que un hecho que ocurre a su alrededor lo obliga a salir de su zona de confort: un grupo de ladrones liderado por Galereto (Pablo Echarri) está construyendo un túnel por debajo de su casa, para robar el banco de la esquina.

 

 

"Es un tipo que está hundido y, de pronto, se ve obligado a entrar en acción, como si tuviera una invasión en su casa", comenta Sbaraglia sobre la premisa del filme, en plena cebada de mate en su trailer.

Mientras los técnicos se pasean con pilotos y botas de lluvia, junto a la mesa de catering la vestuarista discute con la producción si, en la escena que están a punto de filmar, nuestro protagonista debería o no usar piloto. El voto es por la negativa y, entonces, Leo se sienta en la silla de ruedas en la esquina de la calle Artigas a esperar las órdenes del director. Se activan las torres de lluvia, "Acción", grita el director, y Leo recorre poco más de media cuadra con la silla, mientras la cámara, envuelta en plástico y cinta, lo sigue. Mezcla de lluvia real y artificial, Leo se empapa, mientras intenta entrar a lo que es la casa de su personaje, con todas las dificultades que le da no poder usar sus piernas.

"Lo que menos me asustaba era el tema de la silla de ruedas y toda la condición. Ese fue después el lugar por donde le empecé a entrar a la torta y terminó cobrando en la película una importancia muy grande", explica Sbaraglia en esta, la octava semana de rodaje en Buenos Aires.

 

Mientras en España los espera un túnel de 25 metros de largo, en donde rodarán unos días después (el director siguió su construcción vía Skype), Leo repite esta toma no menos de cuatro veces. Cada vez, vuelve en la silla a la posición inicial, acompañado por una asistente que lo cubre con un paraguas, y le cambia las zapatillas mojadas.

"Tengo una amiga, Inés, que tuvo un accidente hace muchos años, y que quedó con esa discapacidad. Ella me presentó a Paco, uno de los tipos que mejor manejan la silla de ruedas en Argentina. Charlé mucho con él, y además me dio varias lecciones", comenta sobre su preparación previa.

 

 

Va anocheciendo, y la calle mojada le aporta su clima a este thriller. Leo se empapa cada vez más. Los vecinos de Mataderos que vuelven a sus casas luego de un largo día se dan cuenta de la presencia del actor y se acumulan en las esquinas. "¡Mirá como hacen una película en la esquina de casa!", exclama una señora. "Me prometieron que me iba a sacar una foto con él", comenta y, en efecto, luego del "hagamos las que haga falta" de Sbaraglia, post secado Leo se saca fotos y charla con la gente que se amontonó en el frío set al aire libre.

 

 

"La película en muchos aspectos es de acción, paradójicamente, en silla de ruedas. Justamente, me parece que al mismo tiempo es la posibilidad de normalizar una situación de discapacidad. En las escenas en que yo ya estaba todo embadurnado de tierra y ensangrentado, sin develar demasiado la trama, es como si fuera Duro de matar en silla de ruedas. Me sentí Bruce Willis" dice, en el lugar donde más tarde filmarán un operativo policial hasta pasadas las dos de la madrugada.

 

Su primera película como productor

Además de ser el malo de la película, Pablo Echarri se estrena como productor cinematográfico junto a Martín Seefeld, con quien tiene la productora El árbol. “Actuar y producir al mismo tiempo dos ficciones es bastante agotador, pero los personajes que me toca encarnar son atractivos”, dice Echarri entre grabaciones de La leona, novela que también produce y protagoniza, y que espera su estreno por la pantalla de Telefe. “Es mi primera vez en la producción de una peli y estoy muy contento. Con Rodrigo nos hicimos amigos luego de filmar su anterior película”, dice sobre el director, quien le llevó el guión hace más de tres años. “La verdad es que quiero filmar una película buena, que me deje bien parado a la hora de mi primer trabajo de productor. Y bien parado con respecto a la taquilla. No consigo por ahora llevar adelante algo que sólo tenga la premisa de ser visto por poca gente. Eso hace más difícil la continuidad. Además, soy hijo de la televisión, y siempre me manejé en géneros más populares. Eso hace que siempre piense en el público a la hora de construir”, agrega. “Cuando actuaba de galán, ya pensaba en producir. Tenía un deseo muy grande por esto. Además soy amante del cine de género y creo que en Argentina trabajar un género claro es una de las decisiones más importantes. Se logra una comunicación más franca para que la gente vaya al cine”, analiza.

 

 

 

Una cara exitosa del cine español

Además de Federico Luppi en el papel de policía, la española Clara Lago interpreta a Berta, una bailarina de striptease con una pequeña hija, que le alquila una habitación a Joaquín (Sbaraglia). Nominada al Goya, Lago es conocida, entre otras cosas, por protagonizar 8 apellidos vascos, la película más vista en la historia de España, que estrenó su segunda parte, 8 apellidos catalanes el viernes en el país ibérico.

 

Por Daniela Aguinsky . CLARIN