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Pocas economías a nivel mundial se encuentran tan pintadas de verde dólar como la de nuestro país. Lo cierto es que la gran mayoría de los argentinos realizamos una conversión casi automática a la divisa internacional de toda cifra que se escucha, se trate de la moneda que sea, incluso la propia.

Esta “dolarización psicológica” no es fruto de una moda actual, sino casi de un designio familiar y cultural. Quién no ha recibido o guardado un “dólar de la suerte” en su billetera durante años como amuleto llamador de fortunas de billetes locales que han ido perdiendo valor y mutado de próceres y denominaciones en relación al idealizado papel que lleva a Washington y su particular peinado por las latitudes del globo terráqueo.

La historia argentina tiene mil y una frases relacionadas a la divisa estadounidense, desde la poco feliz “el que apuesta al dólar pierde” de Lorenzo Sigaut (otrora ministro de economía del gobierno militar, en 1.981 y que desembocó en una devaluación de un 30% casi inmediata, la cual fue la primera de un espiral devaluatorio) hasta la célebre promesa de Eduardo Duhalde a principios de 2.002, en donde aseguraba que el que había depositado dólares, recibiría dólares… el tiempo demostró que no sólo no iba a ser posible eso, sino que dio a luz un engendro aritmético denominado “pesificación asimétrica” que provocó que los ahorristas atrapados en el corralito rezaran por cobrar sin importar el valor… para luego salir a comprar dólares, cuya cotización era mayor a la propuesta desde la “pesificación asimétrica”.

La accidentada historia de encuentros y desencuentros entre nuestro país y el dólar ha estado signada, principalmente, por el ingreso de grandes volúmenes al mercado local motivados por inversiones especulativas. Estas inversiones son altamente volátiles y generan enormes fluctuaciones cuando se desplazan de unos instrumentos de inversión hacia otros que le generen menores riesgos. Por eso las subas y posteriores reacomodamientos del valor de referencia de la divisa estadounidense que se producen cada vez que existe una sospecha de baja de tasas de LEBACs está funcionando como una espada de Damocles sobre cualquier intento de reacomodar unas tasas que no existen a nivel mundial para instrumentos de corto plazo y muy bajo riesgo.

Para desactivar la bomba generada por el cepo cambiario se dio a luz este instrumento de inversión que hoy es uno de los factores más importantes de freno para recuperar un mercado crediticio y productivo a costos razonables. Pensemos por un instante… quién arriesgaría su capital montando un comercio o una empresa si colocando el dinero en letras del Banco Central obtiene una rentabilidad anual superior al 27% (tasa que es positiva, incluso, si le descontamos la inflación anual).

Lo importante es entender que la salida de esto no puede moverse por impulsos cortoplacistas. Se debe pensar la política económica en un mediano y largo plazo dejando de lado la tendencia a proyectar medidas inconexas en pos de pensar planes integrales que le den al país un marco de previsibilidad indispensable para atraer inversiones productivas genuinas que, a su vez, permitan mayores plazos de permanencia de los dólares de extranjeros en nuestro país sin la necesidad, casi extorsiva, de sostener altas tasas de interés, lo cual, a corto o mediano plazo, afecta el consumo y, por ende, las ventas de las empresas en el mercado local. Si las ventas de las empresas continúan cayendo, lo mismo pasará con el empleo privado y allí sí, este será un cuento, tantas veces repetido, que a nadie le generará risa.

 

Lic. Ezequiel Coello 

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