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Con ediciones a mitad de precio y títulos taquilleros, las librerías rodantes aprovechan el día de playa para salir a buscar lectores.

Rodrigo se abre paso empujando su carro de libros por Playa Grande, en Mar del Plata. Algunos títulos van haciendo equilibrio y otros son sostenidos por cuerdas y elásticos. Después de 50 metros de esquivar partidos de fútbol-tenis y de alguna frenada intempestiva porque se cruzó un nene, la librería rodante para. Siempre en la orilla, porque la arena está dura y es más fácil andar, siempre con el agua del mar mojándole los pies como premio al esfuerzo de cargar con esa estantería bajo el sol.

Los que se acercan cumplen casi todos con el mismo ritual. Se paran primero a un metro del carro, leen algunos títulos de lejos, dan un paso, estiran el cuello y fruncen el ceño como intentando dilucidar alguna portada. Es Rodrigo, con la cara transpirada, el que con un “por favor agarre y mire, no hay ningún problema”, les termina de dar a todos el último empujón hacia adentro de su librería ambulante.

“Mi papá lo hace hace 15 años y yo arranqué el año pasado por mi cuenta», le contó Rodrigo a Infobae, que acaba de inaugurar su segunda temporada en el rubro. Cada algunos segundos, un acto reflejo lo hace mirar al horizonte. Una lluvia inesperada que para el resto podrá ser un día de playa perdido a él podría costarle mucho más.

El carro no es la única forma de vender libros durante la temporada. Arriba, sobre la rambla, hay casi por cada playa un puesto. Una mesa de madera sostenida con caballetes o la estructura de un puesto de diarios devenido en estante, en la que se venden libros.

Como los churros o el helado, el choclo o la gaseosa, los libros pusieron los pies en la arena y parecieran haber llegado para quedarse. Ya sea para ojos expertos o para los que la playa los incentiva a la aventura de un libro, hay un título para cada uno. Y a mitad de precio.